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El cementerio donde entierran a los que no creen en Dios

18 octubre, 2020
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Masonería

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A finales de los años veinte, bajo el gobierno de Miguel Abadía Méndez, último de los presidentes que comandaron la hegemonía conservadora, los ateos, prostitutas, librepensadores o los pocos valientes que hacían público su homosexualidad, no podían ser enterrados en cementerios. Bajo pena de cárcel podrían ir los familiares que osaran hacerlo.

El cuerpo se hinchaba, la piel se ponía verde, el hedor era insoportable. Para no dejarlos insepultos los llevaban en las afueras de ciudades tan temerosas de Dios como Armenia o Pereira. Sin fanfarria alguna, ni la bendición de un sacerdote, eran enterrados lo descreídos. En 1928 la idea de un grupo de amigos de Armenia cambiaría la historia.

Hubo un caso que despertó una ola de indignación. Valerio Zuluaga Londoño era uno de los espiritistas más asertivos que tenía el Quindío. Su casa en la vereda La Concha se llenaba todos los días con personas que querían contactar a sus seres queridos en el más allá. Habían tardes en donde las filas para entrar alcanzaban el kilómetro. Un paro cardiaco lo mató a los 52 años. Uno de los que lo frecuentaban era el patricio liberal Braulio Botero Londoño. Antes de ser gobernador de Quindio, Alcalde de Armenia y suplente en el senado de Alfonso López Pumarejo, su íntimo amigo, era un masón grado 33 al que le gustaba cazar peleas con los curas.

Uno de ellos impidió que se enterrara en suelo sagrado a Zuluaga Londoño por sus invocaciones a los espíritus. Así que, por respeto al amigo muerto y también para enfurecer al cura, ideó una estratagema.

A principios de 1928 Braulio Botero heredó de su padre Miguel 14 hectáreas en Circasia. Con un grupo de amigos librepensadores, masones al borde de la excomunión, entre los que se cuenta el doctor Antonio José Restrepo, quien acababa de llegar de Ginebra, Suiza, donde vivió buena parte de su vida, le encomendaron la tarea al arquitecto alemán afincado en Circasia, Antonio Shieferi, de construir el primer cementerio para hombres libres de Latinoamérica. Los recursos los consiguieron en bazares, rifas y colectas organizadas por la gran logia masónica del eje cafetero. Es un espacio lleno de monumentos, muros y tumbas de un blanco enceguecedor. Los jardínes se mantienen verdes, como buena parte de la tierra del eje cafetero.

Noventa y dos años después el Cementerio Libre de Circasia ha sobrevivido a todo. Desde su inauguración en 1932 tuvo que soportar las llamaradas de odio que despierta todo lo diferente, lo raro, lo único en Colombia. En la década del treinta tuvieron un apogeo sin precedentes debido a la ayuda que recibieron de Alfonso López Pumarejo, quien fue presidente de Colombia entre los años 1936 y 1940. Pero en los cincuenta el cementerio fue destruido.

A la una y cinco de la tarde del nueve de abril de 1948,  Juan Roa Sierra asesina en plena carrera séptima a Jorge Eliecer Gaitan. Se desató la locura colectiva no sólo en Bogotá sino en todo el país. La tortura, el asesinato y la desaparición, son los rasgos de la barbarie. Ni siquiera los muertos se salvaron del sadismo. En 1951 la violencia entre liberales y conservadores estaba exacerbada. La policía, adscrita a las Fuerzas Armadas, se tiño de azul. Los chulavitas se vengaban de las masacres que la policía perpetró en la época de gobiernos liberales. Lo permitían todo: bebés ensartados en bayonetas, la famosa corbata, el cuello cortada y la lengua colgando sobre el cuello. La profanación de tumbas no fue más que otro capítulo de una guerra atroz.

Las tumbas en el Cementerio Libre de Circasia, fueron sacadas de la tierra, los muertos, sin importar el estado de su hediondez, fueron castrados, descabezados. Con la madera de los ataúdes carcomidos de gusanos se hicieron hoguera. Se destruyeron monumentos, el más importante de ellos el de Antonio José Restrepo, realizada por el escultor José Domingo Rodríguez, fue la más importante de todas las que se perdieron.

El cementerio duró hasta 1972 medio a la deriva. Las costumbres que tenían algunos masones de enterrar a sus muertos de pie, crispaban a una sociedad absolutamente católica y conservadora. Sin embargo, con plata que salió de los bolsillos del propio Braulio Botero Londoño, el cementerio se reconstruyó.

Hoy está como si la mano del tiempo no lo hubiera tocado. En 1982 recibió por fin el espaldarazo gubernamental de la mano -paradójicamente- de un presidente conservador. Belisario Betancur declaró pocos meses después de posesionarse como presidente al cementerio como un Monumento a la Libertad. En ese panteón libre han sido enterrados Byron Gaviria el papá del expresidente César Gaviria Trujillo, el papá del capo Carlos Lehder quien llegó a Colombia después de que los nazis fueran arrodillados por las bombas soviéticas y buena parte de la masonería del eje cafetero.

Ahí reposan, sin cruces y sin más oración que la que aparece en la entrada del campo: el Himno de los muertos, compuesto por otro de sus habitantes, el doctor José Antonio Restrepo. Poco conocido en el país, el Cementerio Libre es una opción válida para los que creen que después de la muerte sólo existe un cuerpo descomponiéndose.

 

 

 





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