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La creencia de Trump que tiene ancestros tan antiguos como primitivos (y que alarma al mundo)

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Masonería

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Las ideas avanzan a una velocidad, pero nuestros instintos van rezagados. A pesar de que, en teoría, la modernidad nos ha igualado en derechos y valor, la supremacía sigue existiendo como una forma de permitir que unos grupos se crean (y a veces lo ejerzan) por encima de otros. Apenas la semana pasada, el mandatario estadounidense se refirió a la Racehorse theory (La teoría de los caballos de carrera), pero no, no hay humanos ni inferiores ni superiores a otros, aunque el primer mandatario de Estados Unidos piense que sus genes y los de la población blanca, como los de los caballos de carrera, sean “distintos” a los de los demás. 

La supremacía se expresa en muchísimas ocasiones sin que el sujeto que la convoca o procese se dé cuenta.  (Photo by Stephen Maturen/Getty Images)

Hay algo que yo y los míos tenemos que y tú y los tuyos no. Y el orden inicia con la primera y la segunda persona del singular, y no del plural, no por mala educación (que sí, en otro sentido), sino porque el supremacismo empieza por reconocer en ti mismo un rasgo común que crees compartir con un grupo de congéneres, a diferencia de otros, que no comparten tus mismas características.

Es un sesgo primitivo que está estampado en la antigüedad de nuestro cerebro y que es diestro en reconocer lo distinto para protegerse con tu tribu. Miedo a lo desconocido, a lo distinto, a lo que te contraría. Ese es el principio, pero su evolución es mucho mayor.

Las primeras supremacías estructuradas vinieron de la mano de las religiones. En muchas de ellas se encuentra la noción de que hay pueblos elegidos por Dios y el resto. Pecadores y merecedores del cielo. Nobles y plebeyos. Leales y traidores. Privilegiados y sacrificables. En la explicación misma de la existencia, el hombre encontró, al crear un sistema de valores que le diera sentido a la vida -en todas las culturas, tiempos históricos y regiones geográficas- una forma de perpetuar el status quo, establecer el bien y el mal o identificar lo propio sobre lo foráneo, a través de la supremacía.

Vale decir que la supremacía se expresa en muchísimas ocasiones sin que el sujeto que la convoca o procese se dé cuenta. 

Pero la creencia persiste. Nomás el viernes 18 de septiembre, el presidente Donald Trump lo afirmaba como un atributo naturalizado a una audiencia en Minnesota: “ustedes tienen muy buenos genes”, les dice como un cumplido, “muchísimas cosas tienen que ver con los genes, es la teoría de los caballos de carrera. No creen que nosotros somos distintos?”. MInnesota es un estado con más del 80 por ciento de su población blanca, como el mandatario.  

De muchas formas, en cualquier parte

La creencia de Trump tiene ancestros tan antiguos como primitivos. Los mayas y los católicos, los judíos y los musulmanes, los protestantes y los masones, sólo por nombrar algunos, han establecido su modo de interpretar y organizar la vida y el mundo de forma tal que su comunidad prevalezca sobre las demás, se autoendilguen el privilegio de conocer la superioridad y establecerla como cualidad inmanente, y en la mayoría de los casos ellos les ha justificado el sacrificio de lo ajeno, la negación de quien no se ajuste a sus parámetros, la pérdida del derecho de los demás a vivir una vida con las mismas bondades.

Pero no se quedan allí. Las supremacías se expresan también en términos étnicos, culturales, políticos y raciales. Los avances de Occidente, por ejemplo, en términos técnicos, económicos y políticos, que ha mostrado hitos asombrosos con cumbres como la llegada del hombre a la Luna, la revolución industrial o el consumismo, han permitido que Europa y América crean, desde hace unos pocos siglos, que su civilización es superior, más capaz, mejor que las de otras regiones del mundo.

Pasa con las culturas cuando están en su apogeo. Así como desde hace menos de un siglo está bien visto lucir influido por las formas estadounidenses, en siglos anteriores lucía prestigioso ser afrancesado, por la propuesta vanguardista que suponía (y en efecto fue) la propuesta de república francesa que transformó la historia del planeta. Pasaba en la antigüedad en Oriente Medio y en Asia. Pasaba con los romanos. Y así. 

Supremacías políticas y étnicas (y el supremacismo blanco)

Y en términos políticos también ha ocurrido. Hasta hace apenas tres décadas, antes de que fuese globalmente conocida la estafa que significaban las repúblicas comunistas que formaban parte del eje soviético, el marxismo profesaba una suerte de supremacía política, que suponía un estándar ético mayor, el descubrimiento de un “hombre nuevo” y el encuentro, digamos, de una “nueva verdad”. Después de la caída del muro de Berlín (y de todos los totalitarismos comunistas que oprimieron decenas de países y poblaciones) se supo que, como en todo supremacismo, las premisas que sostenían tal superioridad, eran bastante menos que ciertas. 

Las supremacías que más han ocasionado crímenes y genocidios están relacionadas con el racismo y el nacionalismo. El nacionalsocialismo, el facismo y la supremacía blanca han sido fuerzas que han irrumpido en varios episodios de la historia reciente para acabar con el otro: los extranjeros, los mestizos, los judíos, los comunistas.

Lo vivió Europa y tuvo consecuencias en todo el orbe con la Segunda Guerra Mundial, arrastrada por Adolfo Hitler y Benito Mussolini. La idea de la raza aria (increíblemente viva aún) o del militarismo anticomunista (idem) abundaron en arrases irreversibles. 

(Original Caption) Long Island, NY-Ku Klux Klan with hands raised in oath during night meeting.

Se ha expresado en Estados Unidos a través del KKK, la secta religiosa que considera a los negros como una etnia peligrosa, que realizó linchamientos y desmembramientos durante décadas del siglo XIX y XX y que ahora renace como parte de las fuerzas que apoyan al Presidente Trump.

En África, la supremacía se ha presentado también desde lo racial, la creencia de que la raza negra es superior a las demás, lo cual es explicado por algunos sociólogos como una respuesta a la dominación blanca que ha ocurrido en infinidad de territorios desde hace varios siglos. También se expresa en la idea de musulmanes extremistas que consideran traidores a quienes no siguen sus costumbres (lo consideran una afrenta a Alá), y ha tenido terribles expresiones en confrontaciones étnicas como la de los hutus y los tutsis en Ruanda, a finales del siglo pasado.   

Hay otras supremacías más sofisticadas y recientes, derivadas en patologías, como es el caso de la aporofobia, que consiste en despreciar a los pobres por su carestía. Casi siempre, esta supremacía se expresa en quienes sienten pertenecer a los grupos que son culturalmente dominantes.

También la xenofobia es una forma de supremacía.

(Photo by Ira L. Black/Corbis via Getty Images)

Evolucionar o ser perseguidos por el pasado 

Todas estas ideologías conducen a la misma premisa: la de que hay humanos inferiores o superiores a otros. De vieja o de reciente data, contradicen los principios universales recientes por los que se rigen las civilizaciones occidentales desde hace más de dos siglos.

La idea de que todos valemos por igual y de que todos tenemos derechos individuales, libre albedrío y legitimidad para elegir el camino de nuestras vidas, es decir, los principios liberales en los que se basa la democracia moderna, y que nacen en Francia y Estados Unidos al mismo tiempo, pero recorren toda Europa y América, y también encuentran eco en parte de Asia y África, son el extremo opuesto de toda forma de supremacía.

La idea de Cristo de que todos somos hijos de Dios se ha traducido y ha evolucionado en la modernidad en que todos valemos por igual. 

Vale decir que en las sociedades abiertas y plurales, donde caben y tienen su espacio las más diversas formas de creencias, culturas y formas de vida, suelen germinar mayores riquezas culturales, prosperidad económica y avances técnicos y científicos. Los modelos culturales rígidos que imponen una sola forma de vivir, tienden a perder capacidad de adaptación y ser “menos aptos”, como diría Darwin, a los permanentes cambios sociales que la existencia misma de la humanidad implica.    

Una de las preocupaciones más palpitantes en este momento de Estados Unidos es ese regreso, que parecía insospechable, a la idea de que la raza blanca es superior a las demás, una noción no solo obsoleta e indefendible, sino con una capacidad enorme de dañar, destruir y menguar arbitraria y discrecionalmente, en nombre de verdades falaces. 

Por lo pronto, el primer mandatario de Estados Unidos piensa que sus genes y los de la población blanca, como los de los caballos de carrera, son “distintos” a los de los demás. 

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