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De sociedades secretas y no tanto

30 enero, 2021
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Masonería

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Cada tanto, y por diferentes razones, ocupan algún lugar en las noticias. Se han encargado de mantener un aura de misterio aun cuando abren sus puertas que, aseguran, nunca estuvieron cerradas. Nuestra historia revolucionaria no hubiera sido posible sin las Logias que intervinieron desde lo político, lo económico y lo militar. Hoy, por ser domingo, quizás sea una buena oportunidad para leer algo, muy poco claro, sobre esta organización.

Se dice que su nombre procede de los gremios de constructores de catedrales en el Medioevo. En cuanto a su nombre, se dice también que los ingleses llamaban free-stone-masón al albañil que se ocupaba de esculpir la piedra para diferenciarlo del rough-masón que se ocupaba del trabajo menos artesanal; de allí derivaría el término Francmasón (Freemason) con el que se identificaba a los seguidores de la Masonería. Era, en definitiva, un gremio en el que un maestro albañil dirigía las logias. En cada logia trabajaba una docena de albañiles o masones de diferentes categorías: maestros, compañeros y aprendices. A partir del siglo XVII comenzaron a ingresar quienes tenían otras profesiones en nada relacionadas con la construcción y así, en 1717 nace en Londres la Gran Logia de Inglaterra. La finalidad de la Masonería ya no es construir templos, sino apelando a la tolerancia, la fraternidad y la libertad, tratar de reducir los desmanes producidos por el fanatismo religioso y la intolerancia. Naturalmente, no fue bien vista por la iglesia por lo que oportunamente fueron excomulgados.

En cuanto a nuestra historia americana, la mayoría de los historiadores coinciden en que a fines del siglo XVIII el venezolano Francisco de Miranda fundó en Londres una logia llamada la “Gran Reunión Americana” con el objetivo de trabajar a favor de la independencia de los virreinatos españoles y convertir su sistema político bajo el sistema republicano. Se especula con que obedecía a la Gran Logia de Londres, convirtiéndose a su llegada a España en “Sociedad de los Caballeros Racionales” de donde surgieron miembros como San Martín, O’Higgins y prácticamente todos los próceres de la independencia americana. Desde Londres pasaron entonces Carlos de Alvear y José de San Martín a Buenos Aires en 1812 y allí formaron la «Logia Lautaro». Dicha logia, según Mitre, se estableció en Buenos Aires a mediados de 1812 sobre la base de las logias masónicas como la de Julián Álvarez y se invitó a sumarse a ella a los principales integrantes de los partidos políticos. Se relatan dos momentos en la vida de la logia Lautaro: uno que va desde 1812 a 1815, donde ésta toma el control del gobierno de Buenos Aires y comienza la guerra contra España –período que estuvo bajo la dirección de Carlos de Alvear, el fundador de los Caballeros Racionales en Cádiz y en Londres— y más tarde, tras la caída del régimen político dirigido por sus partidarios, se produce una ruptura con el grupo original el que se reconstituyó en dos logias Lautaro: una dirigida militarmente por San Martín y políticamente por Pueyrredón. El grupo mayoritario que respondía a Alvear, estaba integrado, por Valentín Gómez, Gervasio Posadas, Juan Larrea, Ramón Lara, Vieytes, Nicolás Rodríguez Peña, Nicolás Herrera, Monteagudo, el presbítero Vidal, el padre Argerich, el padre Amenábar, el padre Fonseca, Azcuénaga, Dorrego, Pinto, Antonio y Juan Ramón Balcarce. El grupo leal a San Martín, estaba formado entre otros por Zapiola, Agustín Donado, Álvarez Jonte, Toribio Luzuriaga, Vicente López, Manuel Moreno, Ramón Rojas, Ugarteche, Lezica y alguno más.

Las reglas de la logia eran claras en cuanto a las designaciones; los hermanos elegidos para una función militar, administrativa o de gobierno debían asesorarse por el Consejo Supremo en las resoluciones de gravedad, y no designar jefes militares, gobernadores de provincia, diplomáticos, jueces, dignidades eclesiásticas, ni firmar ascensos en el ejército y marina sin previa anuencia de los Venera­bles del último grado, quienes conformaban, de este modo, el verdadero gobierno del país. Tanto más fuerte y temible en tanto era oculto. Era la ley primera «ayudarse mutuamente, sostener la logia aun a riesgo de la vida, dar cuenta a los Venerables de todo lo importante, y acatar sumisamente las órdenes impartidas». Un juez o jefe militar no podía castigar a un «hermano» sin aprobación de los Venerables. La revelación de los secretos, aun de los nimios, estaba custodiada por tremendos castigos que llegaban a «la pena de muerte por cualquier medio que se pudiera disponer». En caso de contrariar a la logia, la persecución y el desprecio de los hermanos lo seguirían en los menores actos de su vida en absoluto e inexorable boicot. Si quería librarse de esta persecución y al mismo tiempo alejarse de la logia, el solo remedio era «dormirse», quedando de esta manera desligado del voto de obediencia pero no de los de silencio y fraternidad.

En la actualidad, esta agrupación milenaria tiene 320 logias en el país y más de 12.000 miembros, de los cuales hay 7.000 activos, se estima que hay unas 400 mujeres masones repartidas en unas 15 logias que no se consideran regulares o tradicionales. En el 2002 empezó a funcionar en la ciudad de Buenos Aires la primera logia femenina pero aun no fue reconocida como regular, a pesar de que la primera logia femenina en Inglaterra se creó en 1908, por lo que sin dudas más temprano que tarde esto va a cambiar ya que, como aseguran algunas integrantes: la masonería proviene del derecho humano francés que rescata desde sus orígenes el derecho de las minorías.

Aun hay muchos prejuicios y mitos que se tejen alrededor de la masonería, el estigma de sociedades secretas ha rodeado desde siempre a quienes se acercaron a ella. Sin embargo, no es fácil no preguntarse cómo fue que en la argentina la integraron hombres de la talla de San Martín, Sarmiento, Rivadavia, Belgrano, José Hernández, Justo José de Urquiza, Bartolomé Mitre, Leandro Alem y otros tantos y que hubiera 14 presidentes argentinos que fueron masones, incluido Hipólito Irigoyen.

Hoy, aseguran muchos, es solo algo más que un grupo de beneficencia, no se requieren grandes exigencias para sumarse a la masonería y ya casi no hay muchos secretos; para incorporarse solo «Se trata de ser un hombre de bien, libre, con buenas costumbres y sin fanatismos de ningún tipo», aseguran. ¿Quién soy yo para ponerlo en tela de juicio, no?

*Escritor, médico y Concejal por Gualeguaychú Entre Todos





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