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Luis Candelas, el buen ladrón | Madrid

13 julio, 2020
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Entonces Lavapiés no era un barrio de hipsters y (algunos) punks, sino de castizos, y lo que entonces se estilaba, más que la barba frondosa, era la patilla larga, el pañuelo a la cabeza y la navaja a la faja. Así era Luis Candelas (1804-1837) el más famoso bandolero de Madrid, rey de los bajos fondos, nacido precisamente en este barrio, en una carpintería de la calle Calvario. “Me interesaba porque era el único bandolero no rural, que actuó en el centro de Madrid y que además es un personaje fascinante”, explica José Luis Olaizola, autor de la novela La Leyenda de Luis Candelas, de ladrón a salvador de la patria (LibrosLibres).

“Luis Candelas era una persona muy atractiva, muy carismática, se dedicaba a robar a aquellos que se lo merecían, o a los que él pensaba que se lo merecían, claro”, relata el autor. Sin embargo, no debemos confundirle con un Robin Hood decimonónico ibérico. No redistribuía la riqueza entre los pobres, si no que se la gastaba en sí mismo. “Sobre todo en bebida y mujeres, cosa no muy edificante, pero era la costumbre de la época”, dice Olaizola.

Su afición al robo se la debía a su carácter, ya que en su familia no había habido necesidad. Dado su carisma, la novela está narrada por un narrador testigo, un buen amigo de Candelas, de igual manera que el doctor John Watson narraba las aventuras del Sherlock Holmes de Conan Doyle. Y además, Candelas, era un maestro del disfraz: como Hannibal Smith, de El Equipo A, y como Mortadelo. “Se hacía pasar por un hombre de la alta sociedad, por ejemplo, por un rico hacendado peruano, un acento que sabía imitar bien. Acudía a los eventos más elegantes y mientras tanto su cuadrilla se ocupaba de limpiar la casa de los allí presentes. Eso sí, nunca con violencia”, dice el escritor. Era un ladrón de guante blanco. Y su inteligencia y habilidad le convirtieron en un mito a la hora de fugarse de aquellos que le apresaban.

Con todos estos mimbres dicen los editores que la figura de Candelas bien podría dar para una serie o una película, ahí queda la idea, que tomen nota en Netflix (ya existe una versión de 1947 dirigida por Fernando Alonso Casares y otra, muda, de 1926, dirigía por J. Buchs). Sería un digno heredero urbanita y refinado de Curro Jiménez. Porque, además, Candelas era un Don Juan. Eso sí, acabo mal, ejecutado a garrote vil. “Me parece muy mal”, dice el autor, “porque no cometió ningún delito de sangre. Parece ser que este final tuvo que ver con su pertenencia a la masonería, que no era bien vista. Ahora que lo pienso, muchos de los personajes sobre los que he escrito mueren ejecutados”. Su peculiar última frase fue: “¡Adiós Patria Mía, sé feliz!”.

José Luis Olaizola (San Sebastián, 1927) suma con esta su obra número 83 en una carrera que le llevó a ganar el Premio Planeta por La guerra del general Escobar o el premio Ateneo de Sevilla por Planicio. También, en el campo de la literatura infantil, el premio Barco de Vapor por Cucho. A sus lúcidos 92 años todavía tiene ideas para seguir escribiendo. “Tal vez escriba la obra que cierre mi ciclo literario”, dice. Se titularía El robo del sumario y estaría basada, con mucho humor, en sus experiencias como abogado. “Luego me hice escritor y escribiendo saqué adelante una familia de nueve hijos” dice todavía asombrado. “No sé cómo lo hice”. Además, desde hace 20 años, Olaizola es presidente la ONG Somos Uno dedicada a paliar la lacra de la prostitución infantil en Tailanda. Habla de ellos con orgullo: “Conseguimos que niñas pobres de los arrozales de Camboya, carne de prostitución callejera, acaben estudiando en la universidad”.

Así era el Madrid del XIX, con aristócratas, buscavidas y bandoleros. ¿Qué le parece el Madrid del XXI? “Todavía vivimos tiempos de corrupción. Y me abruma la gente, la circulación, por eso vivo retirado en Majadahonda”, concluye el escritor, “me pasa como con mi Donosti natal, que ya no lo reconozco. Madrid es una ciudad dedicada ahora exclusivamente al consumismo, y a mi no me gusta el consumismo”. Si Luis Candelas levantara la cabeza… igual se hinchaba a robar a los nuevos ricos que vienen a vivir al centro.


Fuente

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